¡Casi siete
años después!
Pese a que ese 11 de noviembre de 2005 el dolor, la
tristeza, incredulidad e impotencia me derrumbaban, tuve la fuerza y seguridad
de jurar ante todo y todos que volvería sin saber a ciencia cierta de qué
medios me agarraría para hacer realidad el sueño por segunda vez en mi vida.
A mí misma me parecía una promesa loca. Imposible.
Ése fue el día en que terminó sorpresivamente uno de los
ciclos laborales más gratificantes y hermosos de mi vida. Me despidieron a
mis poco más de cinco años laborados en uno de los periódicos más importantes del País y a
escasos tres meses de convertirme en madre.
Cuando juré ante mis íntimos esa promesa loca de un día
regresar, muchos abiertamente me dijeron que no estaba en mis cabales porque el
regreso de alguien previamente despedido era imposible.
Aún recuerdo que ese día tomé un taxi, de la calle, no de la
base que me llevó a los eventos esos cinco maravillosos años.
Era un señor joven, bonachón y se convirtió en el primero de
muchos desconocidos con los que lloré amargamente mi pena.
Le conté con todo mi dolor que me habían despedido del
trabajo que más me había enamorado en mi vida y él se conmovió y me consoló.
Bajé del auto y mamá me esperaba con mi Juan Pablo en brazos
en una hora poco usual de llegada a casa.
Le quité a mi hijo, lo abracé y solté la noticia: “me despidieron del periódico”. Todos estábamos en shock. Yo solo pensaba en que mi hijo nunca se
sentiría orgulloso de tener una mamá que dominaba las reglas de muchos deportes
practicados por los varones.
Me preocupaba el futuro y la economía, pues se trataba de un
trabajo bastante bien remunerado, pero lloraba más por tener qué dejar de hacer
lo que tanto me ha gustado, reportear, investigar y escribir.
Los primeros dos años fueron realmente depresivos, hasta
llegué a pensar que estaba enloqueciendo, pero en esos tiempos me contaron la
historia de un ex compañero de otra sección que también había sido desocupado y
que al tiempo se convirtió en indigente.
Cuando me contaron la historia me autoprogramé a pensar que era una
leyenda urbana, pues si me convencía que había sido verdad, yo podría
convertirme en una mujer indigente también.
En abril de 2007 fui invitada por Polo, editor de METRO, pero más que jefe es uno de mis grandes afectos y un ser humano excepcional, a crear una página de mecánica automotriz y
cultura vial que al poco tiempo se convirtió en un éxito y se vendió a decenas
de periódicos nacionales que la publican semana a semana. Hoy, Tu Nave prevalece y crece a pasos
agigantados.
Desde entonces, él
lucho contra todo y todos por regresarme de tiempo completo. Me vio deambular de un trabajo a otro,
algunos los abandoné porque me sentía frustrada y en otros mis patrones
terminaron mi ciclo con un despido.
Todo eso lo resumo a que mi promesa seguía programada en mi
mente.
Hace casi tres semanas me dieron la buena nueva de que mi regreso
era casi un hecho. Hace dos presenté
exámenes psicométricos y esperé días y días la última entrevista para la
decisión final.
Hace una hora, me han
informado que formo parte nuevamente de ese medio al que eternamente le
he estado agradecida por darme la oportunidad de desarrollarme. Mañana comienzo muy temprano con un curso y
más tarde entregaré mi papelería y firmaré contrato.
Con esto pongo fin a la loca vida de trabajar para mucha gente. Me quedo con el mejor jefe que he tenido en la vida.
Con esto pongo fin a la loca vida de trabajar para mucha gente. Me quedo con el mejor jefe que he tenido en la vida.
Así que, gracias a Dios y a Polo, Humberto y Martha, mañana
comienza mi segundo ciclo laboral en esa gran empresa, de la que nunca, jamás,
me he quitado la camiseta.
Dios quiera que ahí termine mi ciclo laboral.
¡Gracias a Dios!
